
Filas para recibir alimentos y mascarillas en Harlem, Nueva York. (Bebeto Matthews/Associated Press)
Hace unos cinco años, me invitaron a participar en una reunión sobre salud en la comunidad afroestadounidense. En ella estuvieron presentes varias figuras importantes de los campos de la salud pública y la economía. Yo acababa de obtener mi doctorado y extrañamente me sentía como una intrusa; era la única persona de color en la habitación.
Uno de los facilitadores presentó a los participantes, entre los cuales me encontraba, e hizo una pregunta que más o menos decía lo siguiente: “Sabrina, ¿qué opinas? ¿Por qué la gente de color se enferma?”.
Fue una pregunta hecha en serio. Algunos de los expertos habían dedicado toda su carrera a abordar preguntas en torno a las desigualdades raciales en lo que respecta a la salud. Años de investigación, y en algunos casos intervenciones fallidas, los habían dejado desconcertados. ¿Por qué los afroestadounidenses están tan enfermos?
Mi respuesta fue rápida e inequívoca.
“La esclavitud”.
Mis colegas se veían confundidos mientras trataban de asimilar mi respuesta
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