El próximo 11 de marzo asumirá el presidente más joven de la historia de Chile. De los candidatos que se definen como progresistas y que han triunfado en América Latina en los últimos tiempos, Gabriel Boric es el único que proviene de un proceso de movilización social. Entre las personas que Boric invitó a su asunción figura Sergio Ramirez, un reconocido escritor nicaragüense y ex vicepresidente en el gobierno sandinista que derrocó al dictador Anastasio Somoza en 1979. La invitación de Boric tiene un significado muy sensible porque actualmente Ramirez vive exiliado en España, perseguido por otra dictadura, esta vez conducida por Daniel Ortega, antiguo compañero de lucha de Ramirez. En los últimos años, en su recorrido hacia el poder absoluto, Ortega detuvo y persiguió a viejos compañeros –uno de los cuales murió en la cárcel, muy mal atendido- y también a escritores, periodistas, candidatos opositores. Ortega es respaldado por los regímenes que gobiernan Cuba y Venezuela y, a nivel internacional, por la Federación Rusa que conduce Vladimir Putin.
En ese contexto, la invitación de Boric a Ramirez es un gesto principista, que él mismo además se ha ocupado de aclarar durante su campaña. “Los derechos humanos no se negocian”. Ese gesto expresa, además, algunas de las mejores tradiciones de la política exterior de los países democráticos. Durante muchos años, los organismos de derechos humanos argentinos reconocieron, por ejemplo, la solidaridad de Danielle Mitterrand, la esposa del presidente socialista de Francia, con los familiares de desaparecidos. Boric, además, repudió sin ambigüedades la invasión rusa a Ucrania, que recibió el respaldo de Ortega.
Cuando Alberto Fernández fue designado como candidato a presidente por Cristina Kirchner tuvo dos gestos que podían ser interpretados como parte de esa noble historia: protegió al boliviano Evo Morales cuando fue perseguido en su país y visitó personalmente en la cárcel a Luiz Ignazio Lula Da Silva. Luego, cuando le tocó aplicar esa lógica frente a las persecuciones en Cuba, Nicaragua o Venezuela, Fernández se volvió más calculador. Ya no se involucraba personalmente con los perseguidos. A veces repudiaba, a veces no, a veces decía que no tenía suficiente información. Depende dónde, depende cuándo, el gobierno argentino parecía más cerca del repudio a las violaciones a los derechos humanos o a la amistad con quienes los violaban.
La ambigüedad de Fernández es un clásico de la política internacional. La diplomacia no suele guiarse por criterios morales: de lo contrario ningún país democrático tendría relaciones con China o con Arabia Saudita, y casi todos las tienen. Pero, en el caso de las relaciones con Vladimir Putin, las cosas fueron más allá de ese comprensible pragmatismo. Hasta antes de la invasión a Ucrania, el gobierno argentino había dejado de ser ambiguo para ser muy claro y lineal. Eso se expresó durante la fugaz visita a Moscú, cuando Fernández se deshizo en elogios. “Por fin tengo la posibilidad de mirarlo a los ojos”, “quiero que la Argentina sea la puerta de entrada de Rusia a América Latina”, “necesitamos de Rusia para alejarnos de nuestra histórica dependencia con los Estados Unidos”, dijo Fernández.
En ese momento, había al menos dos cosas claras sobre Putin. Su historial en materia de derechos humanos y respeto a las libertades era realmente espantoso. Y, además, estaba involucrado en una peligrosa escalada que podía derivar en una invasión sangrienta contra un país más débil, que no lo había agredido. Con lo cual, Fernández abandonaba a su suerte a los perseguidos por Putín y, al mismo tiempo, se alineaba con quien amenazaba con provocar una masacre.
El embajador argentino en Chile, Rafael Bielsa, sostuvo ayer que a la Argentina no le conviene meterse en el conflicto europeo. Aunque a muchas personas eso les horrorice, es una posición que deben estar evaluando, en mayor o menor medida, todos los países del mundo: cuánto y cómo involucrarse. De hecho, incluso los Estados Unidos han decidido que la invasión de Putin no es motivo suficiente para enviar tropas. Son temas complejos y delicados. Pero aquellas declaraciones de Fernández no tienen nada que ver con la sugerencia de Bielsa: eran una señal de alineamiento, no de neutralidad.
Luego, como en tantas oportunidades, Fernández se desdijo y, finalmente, la Argentina le pidió a Putin que se retirara de Ucrania. Si este último pronunciamiento fuera sincero, ¿cómo se explican las declaraciones de principios de mes? Tal vez el gobierno argentino no tenía ningún indicio de la crisis mundial que estaba a punto de desatar Putin. En ese caso, el episodio revela un grave amateurismo. Pero tal vez sí lo sabía y entonces, en aquel momento, decidió alinearse con el agresor, pero después le pareció demasiado. Si fuera así, el amateurismo sería peor aún. O tal vez, Fernández se emocionó frente a su interlocutor y sobreactuó, como ha hecho tantas veces frente a tantos otros interlocutores. O quiso mostrar su costado antinorteamericano, para que los kirchneristas más duros lo quieran un poco más. En cualquier caso, esas declaraciones revelan mucho sobre el ovillo de contradicciones en las que suele enredarse el presidente argentino, en este y en otros temas.
En este caso, además, hubo otra cosa. El derecho muy natural de cualquier país por tener relaciones amigables con todas las potencias del planeta fue reemplazado por gestos ampulosos de admiración y reverencia por alguien que, finalmente -palabras más palabras menos- es un dictador. Hubo actos públicos donde dirigentes del oficialismo ovacionaban al embajador ruso, que sonreía y respondía con los dedos en “V”. Hubo militantes muy reconocidos del kirchnerismo que se fotografiaban en los vacunatorios y escribían en las redes “¡¡¡Gracias Putín!!!!”. Hubo otros que -crease o no- le ponían Sputnik o Gamaleya a sus mascotas.
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