Para Liliana Fuentes ya no hay Fiestas. Este será el vigésimo Año Nuevo que no festeja. Y así será para siempre, ya que la única condena que hubo fue la que le tocó a ella. Y fue a perpetua.
El día en el que todo cambió fue un 31 de diciembre, último día de 1989. El calor en Tres Arroyos era abrasador, aunque un rato más tarde eso iba a parecer nada en comparación con el que generarían sus 45.000 vecinos. La hija de Liliana Fuentes salió de su casa a eso de las tres por el camino de siempre hacia su refugio de cada siesta, la pileta del Club Huracán, donde era difícil encontrar a alguien que no la conociera. Llevaba puesta su malla rosa, porque apenas si eran diez cuadras las que tenía que recorrer, y no era cosa de perder el tiempo en incomodidades antes de llegar al agua.
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