La “opereta” es un género musical derivado de la ópera que nace y se desarrolla a lo largo del siglo XIX, primero en París y después en Viena, cuya característica fundamental consiste en contar con una trama inverosímil y disparatada. El Juego de Tronos, en la versión criolla, resulta tan disparatado como real.
Quedan solo cuatro días para despedir -a las patadas- un año tan impensado, como caótico para la vida de los argentinos. Un año con algunos aciertos y muchos desaciertos. La pandemia no llegó con un manual del usuario. Un año que nos puso a prueba, tanto a nivel personal, como social, de una forma tan dura como cruel. Un año donde la grieta parecía cerrarse, pero se quedó más fuerte que antes.
Un año donde el asistencialismo expuso el fracaso de la política. Un año que deja más pobres que el año anterior, en una sucesión interminable de compatriotas que no llegan a poner en su mesa un plato de comida para sus familias. Un año con más impuestos, pero sin el gesto político de bajar las propias dietas.
El 2020 sin dudas será recordado como el año perdido. Es el año donde nos corrieron el arco y todos tuvimos que improvisar frente a una parálisis total de nuestra nación, con la consecuente caída de la economía a niveles inferiores a los que tuvimos en el 2002. Fue un año raro, diferente, que nos tuvo encerrados por mucho más tiempo del que todos hubiéramos querido. Un año para olvidar y solo recordar a los que se fueron y no volverán.
El que se va, nos mostró lo frágiles que somos. Nos enseñó la endeblez del mundo de una manera horrible, incluso peor que cuando vimos derrumbarse las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. La magnitud de la pandemia mundial es de tal envergadura que llegó a todas partes. Ninguna nación, con independencia de las políticas internas que adoptó, o de sus riquezas, se vio exenta del flagelo mundial.
En medio de toda esta tragedia nuestra nación se vio convertida en una opereta criolla de “Juegos de Tronos”, donde todos somos actores -unos pocos principales y el resto de reparto-. El guión, por supuesto, el relato berreta de la política salvaje que nos termina dejando como una puerta giratoria (mucho movimiento, pero nunca avanza).
La diferencia entre los países más ordenados y los menos ordenados -no hablo aquí de ricos o pobres- será claramente la forma en que saldrán esas sociedades de la catástrofe mundial. Los más ordenados no enfrentan el tipo de problemas con los que nos toca convivir en la tierra de “La Salada”, que vale como ejemplo de todo lo que no debe ser, pero que lamentable es tan real y argentino como el dulce de leche.
La Salada es una feria con sede en el partido de Lomas de Zamora, que desde 1991 a la fecha tuvo un enorme crecimiento hasta convertirse en un conglomerado económico de trascendencia internacional, caracterizado por la venta de marcas supuestamente “apócrifas”.
Lo que llama la atención de este lugar es que siga “funcionando” (¿habilitado?) dado el tipo de comercialización que se realiza. Basta con recorrer un día cualquiera el lugar, no es todo lo que la AFIP dispone que debe ser.
Lo que se dio a conocer esta semana con imágenes de una imponente aglomeración de gente, sin distanciamiento social, sin barbijo y sin todo lo que el resto de los comerciantes que pagan sus impuestos deben hacer (tienen prohibido despedir empleados, deben habilitar sus negocios, tomar las medidas de seguridad y sanidad apropiadas a los tiempos que corren, más un largo etcétera ajeno a La Salada). No es tolerable.
Esta dicotomía, nos vuelve a evidenciar como una sociedad distópica, donde todo se ata con alambre. La abrumadora concurrencia de los laburantes de a pie a la feria de Lomas de Zamora, es la otra cara de la misma moneda: la necesidad de hacer valer cada “mango”, más no sea para llevar comida a la mesa o un modesto regalo para los seres queridos en Navidad.
Es un fenómeno social en sí mismo que aparece y desaparece por arte de magia del centro de la escena nacional de tanto en tanto. Un fenómeno que evidencia nuestro fracaso como modelo de país. Desde 1991 a la fecha, han pasado muchos gobiernos nacionales, provinciales y municipales, La Salada sobrevivió a todos ellos. Nos toca preguntarnos por qué.
Nos dejamos distraer por los relatos salvajes de la política, en lugar de ocuparnos de los temas que realmente son importantes para asegurar un futuro mejor para nuestros hijos.
El mismo relato de una política que, desde el recordado Eduado Lorenzo Borocotó -pediatra de profesión y político por adopción- a la fecha, nos ha mostrado cambios de camiseta partidaria como si se tratara de equipos de fútbol. Y no fue el único, lo siguieron muchos más.
No se trata de estigmatizar la decisión de “cambiar”, -sus razones tendrán y además somos un país libre- sino lo que terminó significando para el ideario nacional y popular: Una leyenda urbana atribuye a Julius Henry “Groucho” Marx la frase: “Éstos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”. Esos cambios en muchos casos son producto del espanto por las opciones políticas versión comida de avión (pollo o pasta). Cambios disfuncionales pero que tiene como objetivo “ganar” elecciones. Así son los Juegos de Tronos en la versión criolla.
La mala memoria de quienes ejercemos el derecho de votar y elegir a nuestros representantes es llamativa, pero además hace una conjunción perfecta con los que son llamados a votar con el hambre en sus hogares. El que vota con hambre no lo hace por la libertad de elección sino por necesidad. Y ese voto no es un voto libre. La necesidad supera la reflexión. Por eso también La Salada ya cumplió tres décadas de existencia.
Resultó esperanzador, en las primeras semanas de la cuarentena, ver a los titulares de la Nación, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y de la Provincia de Buenos Aires, sentados, consensuando, trabajando juntos para superar la peor crisis de la historia argentina moderna. Pero nos terminó quedando sabor a poco. Una imagen, tan solo eso del Juego de Tronos nacional y popular.
El trabajo desde el consenso de las diferencias no duró y volvimos a los relatos salvajes, mientras todos y todas quedamos presos de una Argentina distópica propia de las películas de Mad Max, donde un padre lleva en brazos a su hija enferma para cruzar una frontera provincial. ¿Nos olvidamos del artículo 81 de la Constitución Nacional que garantiza el derecho a transitar libremente?, tan solo un ejemplo entre tantas desgracias que vimos como si fuera una serie de Netflix, mientras estábamos encerrados en nuestros hogares. Por favor: Nunca Más.
En este escenario donde se privilegian los Juegos de Tronos versión opereta criolla, cuando se reivindica el pasado es porque no se tiene la capacidad de enfrentar el presente.
El antagonismo es el actor principal de la política nacional que termina aniquilando todo intento de consenso y afianza la grieta en la sociedad, que termina siendo utilizada como una herramienta política para ganar elecciones.
La falta de consenso, la ausencia de una foto que simbolice el cambio de un país a otro no la tuvimos en 2020, y era más necesaria que nunca. El vodevil “La Argentina”, se ha convertido en una nación paria a nivel mundial. La alocada carrera por conseguir la vacuna contra el COVID-19 es una demostración de nuestro lugar en el mundo.
La épica que se le imprimió desde la política al “Vuelo 1061 del General Alais” (el militar que nunca llegó con los tanques), que finalmente terminó trayendo las primeras dosis de la ansiada vacuna Sputnik V, rememora el marasmo del Estado en el cumplimiento de objetivos impostergables, exponiendo la crueldad de los relatos de la política salvaje en su máxima expresión. En México la vacuna de Pfizer-BioNTech llegó por DHL.
La transmisión del despegue y regreso del avión de Aerolíneas Argentinas que se hizo en algunos medios exhibió la manipulación que se pretende realizar de actos que el Estado nacional “sí o sí” no podía postergar, como el traslado de la vacuna rusa, la misma que aún no se aplicó el Presidente Vladimir Putín. De Rusia con amor.
Nos guste o no, lo cierto es que estamos cada vez más lejos de lo que fue la Argentina de la época dorada. En los relatos salvajes de la política es más importante lo que “no” se dice, que lo que se dice. El simbolismo le gana por “afano” a los hechos reales y concretos. Por eso estamos como estamos.
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