Vangelis tenía una imagen imponente, fácilmente distinguible: como su paisano Zorba, arquetipo literario del currante abnegado, el compositor griego destacaba por su barba poblada, su melena lacia, su pecho velludo y un rostro que enrojecía fácilmente al tocar el teclado. Sin embargo, las imágenes asociadas a Vangelis son otras: un grupo de atletas corriendo por la playa, un coche volador ante una geisha proyectada en una pantalla de neón, el viaje al fondo del universo atravesando galaxias. Este jueves se ha sabido que el músico griego murió el martes pasado en Francia, a los 79 años, por complicaciones derivadas del covid.
La carrera de Vangelis discurrió desde finales de los años 60 en diferentes ámbitos, pero uno en concreto le hizo mundialmente célebre: el uso de instrumentos electrónicos al servicio del cine. Se llevó un Oscar por Carros de fuego -la melodía del tema principal se ha usado como eficaz metáfora del esfuerzo, del lento avance hacia la gloria-, aunque su mejor obra sin duda es la música que entregó a Ridley Scott para su clásico de la ciencia-ficción Blade runner. Ese fue el momento feliz en el que las dos tendencias contradictorias que habitaban en el alma musical de Vangelis -el romanticismo del siglo XIX y el futurismo ligero- se fundieron en un instante perfecto.
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