Mónica tiene el mismo color de la tierra arrasada que pisa. La misma mirada triste del charco que formó la lluvia. Los hombros caídos como el paisaje desolador que la rodea. Volvió después del desalojo de Guernica para llevarse sus últimas posesiones, lo poco que le va a quedar de lo poco que tenía. Un colchón, algo de ropa, unas ollas… Igual a casi nada. Si hasta uno de los dos caballos que tiran del carro de su marido, justo el que tiene cataratas, huyó despavorido por los disparos. Hay dos camionetas de Defensa Civil que colaboran con ella y otro ocupante que regresó. Los apuran para terminar. La toma de Guernica terminó a la madrugada. Pero el drama de esta mujer de 43 sigue su marcha. Quizás no termine nunca. “Hoy lloré mucho, una banda. Me duele todo esto”, le dice a Infobae mientras sube una manta al carro.
A las cinco de mañana, poco después que la luz de todo el barrio se cortara, 4.095 policías bonaerenses a las órdenes de Sergio Berni, muchos llegados en 27 micros de larga distancia cumplieron la orden del juez de Garantías número 8 de Cañuelas, Martín Miguel Rizzo: desalojar la ocupación ilegal de 130 hectáreas ubicadas entre los barrios San Martín y Numancia, en el sur bonaerense. Una decisión inapelable, pero los ojos de Mónica también acusan una terrible realidad: el déficit habitacional de la Argentina es de 3.600.000 hogares.
La mujer es delgada como las ramas que sostienen los plásticos de muchas de las improvisadas chozas que nos rodean, y señala un punto a unos 30 metros. “Ahí estaba yo, donde está el palo de luz, en la esquina. Era mi terrenito”. Mónica tiene siete hijos, cinco mayores y “dos que vinieron conmigo acá: Alejo de 13 y More de 11”. Antes de este hogar frustrado, al que se aferró con desesperación por más que sabía que tenía las de perder, su casa era un rincón debajo del puente bajo la autopista que une el Puente Pueyrredón con la 9 de Julio, sobre la avenida Garay en el barrio porteño de Constitución.
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