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Bronce Argentino, en Voleibol ..-

TOKIO – El éxito del voleibol argentino en los Juegos Olímpicos de Tokio esconde historias de angustia y emoción. De liberación y de reclamos. En ese bronce se condensan revanchas, mandatos históricos y, sobre todo, el deseo de demostrarse a ellos mismos que un grupo unido durante años por el deporte tiene derecho no solo a soñar con un final feliz, sino a hacerlo realidad.

Antes de que empezara su año deportivo, ese con el punto culminante en Japón, Facundo Conte le dio un beso a una medalla. Pequeño gran momento: había crecido viendo ese metal redondo, expuesto en una habitación de su casa como testimonio de la hazaña de su padre, aquel otro Conte (Hugo), que en 1988 y en otros Juegos Olímpicos, los de Seúl, se llevó el bronce junto a sus compañeros del voleibol.

Años viendo esa medalla ganada antes de que él naciera. ¿Presión? Más bien desafío. El abrazo de más de un minuto de duración que Hugo y Facundo se dieron en el Ariake Arena de Tokio simboliza muchas cosas: el cariño entre padre e hijo, la admiración del padre hacia el hijo, el respeto del hijo hacia el padre y, sobre todo, el deporte como vehículo para unir, crecer y trascender.

“Esto es lo más hermoso que haya logrado en mi vida deportiva, y lo logramos como equipo”, dijo Conte, una máquina de jugar y de gritar que, cuando los partidos terminan, habla en un tono de bronco susurro y con la batería al límite de la descarga total. Sus cuerdas vocales se ven en el juego tan exigidas como sus músculos, y no fue la excepción en el triunfo de este sábado sobre Brasil por 3-2 (25-23, 20-25, 20-25, 25-17 y 15-13).

Juegos Olímpicos de Tokio 2020 – Voleibol – Partido por la medalla de bronce masculina – Argentina contra Brasil – Ariake Arena, Tokio, Japón – 7 de agosto de 2021. Ezequiel Palacios de Argentina y Facundo Conte de Argentina celebran. REUTERS/Carlos García Rawlins
Juegos Olímpicos de Tokio 2020 – Voleibol – Partido por la medalla de bronce masculina – Argentina contra Brasil – Ariake Arena, Tokio, Japón – 7 de agosto de 2021. Ezequiel Palacios de Argentina y Facundo Conte de Argentina celebran. REUTERS/Carlos García Rawlins
Conte se había ido de la selección tras el quinto puesto de Río 2016, y el décimo tercer puesto en el Mundial de 2018 hizo creer que el futuro era oscuro, pero algo lo impulsó a volver. Esa medalla de bronce en casa no tenía por qué ser la única en la familia.

“Crecí en mi casa con una medalla olímpica expuesta, y de hecho la toqué antes de empezar esta temporada para que me diera suerte. Y hoy logramos hacer historia, logramos algo que nadie esperaba, algo por lo que luchamos cada partido, y eso es lo único que importa”.

El más joven de los Conte, 197 centímetros de altura y al borde de cumplir los 32 años, pasa hoy buena parte del año en Zawiercie, una muy tranquila ciudad de 50.000 habitantes en la región polaca de Silesia. Allí, en la poderosa Liga de voleibol de Polonia, juega para el Warta. Los inviernos son crudísimos, y los veranos, relativamente breves.

El mayor de los Conte, otro gigante, pudo hacer algo que no estuvo al alcance de casi ningún otro padre de competidor olímpico en Tokio: ver a su hijo en vivo y en directo luchando, pelota a pelota, por el podio. Conte fue comentarista para la televisión argentina durante los Juegos, y fue así que logró estar en Tokio y ver, 33 años después, a la Argentina ganando otro bronce en voleibol sobre Brasil.

Esa misma selección, Brasil, había eliminado a Argentina en los cuartos de final de Río 2016 tras un inicio brillante del equipo en el torneo.

Pese a la admiración y cariño que siente por su padre, Facundo preferiría evitar la habitual comparación con Hugo, elegido en su momento como uno de los ocho mejores jugadores del siglo XX. “Las comparaciones con mi padre son para el periodismo. No me importa. Esto es lo más hermoso que haya logrado en mi vida deportiva, y lo logramos como equipo”.

A unos metros, Marcelo Méndez, el entrenador de Argentina. Cuando terminó el partido y el bronce era un hecho, Méndez se derrumbó. Sentado, inclinó su cabeza, la escondió entre sus manos y rompió a llorar. En el fondo sonaba “Ladrón de mi cerebro”, de los Redonditos de Ricota, una de las bandas históricas del rock argentino.

Méndez lloraba con intensidad, parecía desahogarse. Y así era, en efecto. Acababa de quitarse de encima una angustia muy pesada. La espina clavada en su alma deportiva se había esfumado gracias a la eléctrica victoria sobre el campeón olímpico de 2016. A su rescate acudió Nicolás, hijo de entrenador e integrante también de la selección, para abrazarlo y convertir las lágrimas en sonrisas en ese estadio sin público, la marca de los pandémicos Juegos de Tokio 2020.

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