Robin Hood se convirtió para muchos en un personaje con fines nobles que hacía justicia por mano propia robándole a los ricos para dárselo a los pobres. Esta trama replicada de mil formas por exitosos guiones de cine y televisión parece haber derramado su influencia en varias generaciones que aplaudieron incansablemente este tipo de héroes atractivos. Quizás, en ese artilugio mental donde la fantasía se mezcla con la realidad, la historia imprimió en muchos una forma de ver las cosas.
Y tal vez, como indicio de esa pre gancia, hoy se escucha ampliamente un relato que se relaciona con algunos principios básicos rodados en Robin Hood.
Por doquier resuena cierto culto a la pobreza. Con ribetes de índole casi religiosos se ha instalado como el lugar donde el hombre se dignifica. Un ideario que ha logrado enarbolarse divorciado de la miseria que implica. Se pondera lejos e inmune de ser asociada a la ausencia de los mínimos estándares de vida. Distante de la falta de agua potable, cloacas, asistencia sanitaria, hacinamiento, desnutrición, entre tantos rasgos de la marginalidad. En ese imaginario idílico la pobreza pareciera postularse como un estado del cual “no está bueno salir” y se expone, más bien, como un lugar promisorio al cuál llegar. Es ahí, según esta melodía, donde el hombre logra su real nobleza.
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