Algunas personas dicen que la frase “cuento chino” se remonta a la época de los primeros comerciantes europeos, como Marco Polo, que exageraban las historias que contaban sobre lo que habían visto en tierras lejanas. Otros, en cambio, aseguran que el término se originó a principios del Siglo XIX, cuando a los trabajadores chinos se los atraía sin ningún escrúpulo para aceptar trabajos durísimos en Cuba, a través de cuentos fabulosos y promesas falsas sobre las condiciones de empleo favorables y atractivas que los esperaban. Así nació un “cuento chino”. Hoy en día, el término sobrevive en la cultura popular e incluso en 2011 se hizo una comedia para el cine con el mismo nombre, protagonizada por Ricardo Darín. En la película, tanto los personajes como el público pasaban de oír una historia muy difícil de creer a “ver para creer”, a finalmente llegar al núcleo central del malentendido cultural y a la confusión que el malentendido trajo aparejada.
La confusión respecto de China también se pone de manifiesto en la Argentina hoy. En el desconcertante mundo de la creciente competencia entre las grandes potencias, los argentinos a menudo creen que de algún modo deben elegir entre los Estados Unidos o China, dos países que revisten importancia crítica para su economía. Juntos, China y Estados Unidos conforman aproximadamente el 17% de las exportaciones de Argentina y más del 20% de sus importaciones. El sentimiento prevaleciente es que Estados Unidos le está pidiendo a Argentina que evite comerciar con China a pesar de que el valor de su balanza comercial con este país se estimaba en más de $13 mil millones de dólares en 2020. Estados Unidos no le está pidiendo a la Argentina que haga tal cosa, eso es un cuento chino.
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